22 de marzo de 2016

Identidad nacional y globalización: ¿las dos caras de una misma moneda?

Con la independencia de los países latinoamericanos durante los siglos XIX y XX, los nuevos países; o, más bien, los grupos hegemónicos en esos nuevos países, concentraron sus esfuerzos en alejarse de los reinos que los conquistaron y los colonizaron. Se trata de un periodo que los historiadores y otros estudiosos de la cultura define como el de la construcción de las identidades nacionales.

Luego de la independencia continuaron las luchas entre los diferentes grupos que, poco a poco fueron definiendo con la demarcación de los límites territoriales; es así como la geografía (al igual que sucedió en los países europeos que igualmente surgieron a partir del resquebrajamiento de los imperios de los que formaban parte), empezó a definir no solo los límites de esos nuevos estados, sino también el paradigma del cual trató de definirse una identidad nacional o una cultura nacional.

Esta insistencia en la demarcación de límites ha sido causa de muchas guerras entre los habitantes de los nuevos estados e, incluso, en este año fuimos testigos de los diferendos entre los gobiernos de Costa Rica y de Nicaragua al respecto. En ese sentido, es claro que esa construcción identitaria, ese establecimiento de territorios nacionales, ha sido un proceso frágil.

Esto no sorprende si tomamos en cuenta la dificultad que existe para delimitar países o áreas geográficas en toda Latinoamérica, cuando somos vistos desde fuera. Hace un par de meses leía en un blog que República Dominicana pertenecía a América del Norte (e inmediatamente hice mi corrección en los comentarios, sin recibir respuesta). Y apenas hace un par de semanas, en un curso sobre el uso de un software para la publicación de revistas en línea, vi que en el gráfico que describía el uso del programa en el mundo, no aparecía América Central, pues había sido absorbida por América del Norte (probablemente muchos de los que votaron en contra del tratado de libre comercio que se firmó con los Estados Unidos, no se muestren sorprendidos).

El caso es que ese interés por tratar de distinguirnos del resto de países de Latinoamérica pareciera no tener mayores efectos fuera de los límites de esta zona geográfica; pues, para el resto de países todos somos iguales (sudacas, latinos o como prefieran llamarnos); tal y como nos ocurre cuando tratamos de definir a los originarios del Lejano Oriente, pues para nosotros todos son "chinos". Lo que sorprende es el hecho de que, aun cuando seamos parte de Occidente, siempre se nos vea como a los otros, los diferentes, los del tercer mundo, los retrasados.

Pero, volviendo al tema de la identidad, llama la atención la insistencia por diferenciarnos del vecino y por alejarnos, en muchos casos, del legado español; aun cuando no fue sino hasta las últimas décadas que dejamos de celebrar el "descubrimiento de América" y empezamos a hablar del "encuentro de culturas".

El caso es que con este afán de distanciarnos de lo español, y en lugar de volver los ojos a nuestro legado indio, se optó por tratar de copiar los ideales franceses, con el discurso de "libertad, igualdad y fraternidad" (que no fue más que un discurso). Así, no sorprende que la bandera de Costa Rica tenga los mismos colores de la bandera francesa.

Pero, nos preguntamos, ¿qué sabría de ese país europeo el ciudadano promedio? Pues nada. En un país donde apenas empezaba a consolidarse la ciudad y los centros obreros, donde no había seguridad social ni leyes laborales, el ciudadano común debía trabajar desde corta edad para apenas vivir. Los estudios se quedaban para los hijos de las familias adineradas, que eran las únicas que podían conocer de primera mano la historia y la cultura francesas. Se trata de la "ciudad letrada" de Ángel Rama, construida desde las aspiraciones de los grupos hegemónicos latinoamericanos.

En las últimas décadas han resurgido discursos que propugnan por la recuperación de las identidades nacionales, supuestamente en riesgo por la "globalización". Es así como esta palabra se ha demonizado y se convertido en la causa de la pérdida de la identidad de los países latinoamericanos frente a la influencia de la cultura estadounidense.

Y surgen estudios que traen a la palestra un tema que pareciera haber sido superado, pero que todavía hoy es motivo de congresos y actividades académicas y culturales. A finales del siglo pasado se realizó en Costa Rica un ciclo de actividades donde se reflexionó sobre la identidad nacional desde diferentes aristas y, lo único claro al concluir estas, fue la imposibilidad de definir una "identidad nacional".

Pero todas esas discrepancias no son nuevas; aun cuando desde nuestra formación escolar y colegial se nos trató de convencer de la existencia de una identidad nacional, con himnos, días del agricultor (en los que nos vestíamos de campesinos) y lecturas de Magón.

Álvaro Quesada señala la escisión de ese concepto de identidad desde los textos del Olimpo, "donde los antiguos valores y costumbres tradicionales se encuentran en proceso de descomposición, corroídos por las nuevas relaciones y valores de la modernidad capitalista" (2002:48). No pareciera diferir demasiado de los discursos que ahora tratan de "rescatar" nuestra identidad; como si se tratara de un desaparecido en la selva o la víctima de un desastre que requiriera de los cuerpos de rescate para su supervivencia.

Pero volvamos a la globalización. Este concepto surge originalmente dentro del ámbito de la economía y de las relaciones comerciales. Con el desarrollo de las comunicaciones y de los medios de transporte, se ha facilitado mucho el movimiento de las personas y de las mercancías. De esta forma, muchas empresas nacionales se han extendido a otros países adquiriendo un carácter transnacional. Esa visión global de los negocios, se ha visto fortalecida con el movimiento de las fábricas a países donde la mano de obra es más barata y existen menos restricciones y costos para su funcionamiento. En esa línea de disminuir los costos para aumentar la ganancia, se ha consolidado el término de globalización.

Y no solamente en el ámbito de la producción se han movilizado las empresas transnacionales, pues han encontrado en otros países, consumidores para sus productos. Y, para ello, se han aprovechado del desarrollo de los medios de comunicación de masas, donde incluso junto con las noticias, se nos inserta la publicidad. Al respecto, Álvaro Cuadra ha señalado que el "discurso publicitario es el lugar emblemático donde se dan cita los procesos de virtualización massmediáticos y el diseño cultural matriz: la sociedad de consumo" (2003:119); consumo de bienes y servicios que provienen de empresas transnacionales y, en esa medida, totalmente ajenos a los productos nacionales. En esa línea, y a fin de asegurar sus ventas, es necesaria la alienación de los consumidores por medio de la publicidad (y de los productos culturales que viene de los países que los producen):
Sustentada en la fetichización del mercado, la globalización capitalista promueve al máximo el consumismo desaforado, la cultura del "úselo y tírelo", con el consecuente deterioro del medio ambiente y el agotamiento de los recursos naturales no renovables.
Este modo de consumo se traslada a través de múltiples canales a las naciones menos desarrolladas, las cuales, sin haber alcanzado el nivel de desarrollo adecuado, se ven abocadas a asimilar patrones culturales ajenos a sus propias realidades, provocando distorsiones de índole estructural e impidiendo el desarrollo del mercado interno (García y Pulgar, 2010: 724).
Sin embargo, y como lo afirman varios autores (Mato, 2001; Wallerstein, 2004; Giddens, 2002; Featherstone, 2002; Castro-Gómez, 1998; Achúgar, 2000; entre otros), la globalización va más allá de lo comercial. Como se indicó el desarrollo de nuevas tecnologías ha permitido un mayor intercambio entre las personas en todo el mundo. Así, ya no dependemos totalmente de los medios de comunicación de masas tradicionales (ahora en manos de estas mismas transnacionales y utilizados -muchas veces- para la publicidad de todos sus productos, en detrimento del periodismo de calidad, informativo y de análisis de otros tiempos); sino que podemos acceder a la información si tenemos conexión a la internet y somos capaces de navegar en busca de fuentes alternativas.

Esto ha permitido que el intercambio cultural vaya más allá del económico (en el que pareciera que solo somos receptores o vemos pasar de lejos los bienes que producen en nuestros países para exportación, no para el consumo interno). Así, el movimiento de capitales, las inmigraciones, las importaciones y exportaciones de bienes y servicios en todos el mundo; van de la mano con el chateo, las redes sociales, la creación de blogs y el intercambio de información ya no producida por las mass media o las agencias de noticias (e incluso por las agencias de publicidad), sino de contenido elaborado por el ciudadano común.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la literatura? Pues mucho, pues la literatura es un producto cultural de gran importancia, y determinante por muchos años, de la identidad latinoamericana. Esto debido a que no se nos ha reconocido tradicionalmente como teóricos, sino como apasionados autores de textos de realismo mágico (o de novelas de las bananeras, criollismo, textos de la revolución, entre otros tantos estancos en los que se nos ha querido encasillar para "facilitar" el estudio de nuestra literatura).

Además, la literatura también es un bien de consumo, y clasificarla facilita su comercialización; pues el consumidor necesita de un parámetro para valorar los productos que le son ofrecidos y, en esa línea, es más sencillo vender los libros de una novela de Isabel Allende, indicando que su producción se encasilla dentro del realismo mágico de García Márquez, que tratar de establecer algunas de sus características particulares. Y, si funcionó con Allende, las grandes editoriales no iban a inventar nuevas recetas para vender la más reciente producción de cualquier otro escritor latinoamericano.

El problema se les presenta cuando aparecen nuevos escritores que reniegan de esa herencia literaria o, matizando un poco, del encasillamiento en el que los encierran las editoriales y los críticos literarios. El gran problema es que esos textos producidos en las últimas décadas, "bien pudieron ser escritos en cualquier país del Primer Mundo", como les decía un editor a un grupo de jóvenes escritores latinoamericanos (Fuguet y Gómez, 1996:10).

Jorge Fornet (2007) se preocupa más bien, por la ausencia de marcas identitarias en los textos escritos por estos escritores jóvenes e, incluso, critica la ausencia de compromiso con su entorno (volviendo a la superada visión de la escritura comprometida y la de los autores definidos políticamente -eso sí, a favor de las causas de izquierda, porque de lo contrario, se trataría de un Vargas Llosa cuya posición política le ha valido la desautorización literaria en muchos ámbitos).

Pero, poco a poco, muchos de estos nuevos escritores han recibido el reconocimiento de la crítica; incluso (tal es el caso de Jorge Volpi) han sido aceptados por las elites políticas de sus países y esto les ha permitido acceder a puestos diplomáticos representativos (a pesar de que los críticos afiliados a esquemas nacionalistas o identitarios, consideran que su literatura no tiene marcas de su nacionalidad -no parece literatura mexicana-). Actualmente, Volpi es agregado en la embajada de su país en Roma.

Pero, el mismo Volpi defiende la tesis de que los críticos se han equivocado desde mucho tiempo atrás, pues autores como "Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez eran considerados como perniciosos 'cosmopolitas' por parte de los críticos de la época" (2004:219). Incluso en este ensayo, Volpi se burla un poco de su situación como escritor joven con éxito (premiado en múltiples ocasiones, becario y funcionario gubernamental en muchas otras).

De esta forma, las grandes editoriales logran recuperar el monopolio de la literatura latinoamericana; ya que por medio de los premios logran ubicar en las noticias a estos jóvenes autores, con quienes se aseguran no solo la publicación del libro premiado, sino también la de los siguientes libros del autor. Así, ponen sus nombres en las noticias y facilitan la decisión de compra de los lectores, atiborrados de publicaciones en las pocas librerías que quedan (en negocios que más parecen bazares). Facilita esta labor mercadológica la juventud del escritor y, si además es una persona atractiva (según el canon de belleza occidental), la venta está asegurada.

Pero no todo está perdido. Como lo señalé líneas arriba, la internet ha facilitado la divulgación de autores aún no publicados, ha permitido el establecimiento de lazos entre escritores, críticos y pequeñas editoriales (las pocas que se han mantenido a pesar de la invasión de las grandes transnacionales) y la subsecuente publicación de textos novedosos.

Igualmente, en muchas universidades los profesores de filología se han dado cuenta de que no pueden seguir analizando la literatura como lo han venido haciendo hasta ahora. Es necesario que se expandan y se enfrenten a estos textos de forma más transdisciplinar.

Es claro que no estamos ante una literatura comprometida, pero también lo es el hecho de que la literatura, como producto cultural, nos muestra las condiciones de su producción (tan variadas como variadas son las condiciones de cada autor). Y es ahí realmente donde está la clave, como se decía de Borges, que afirmaba que no era necesario que en sus textos se hablara de las costumbres de su país para que se tratara de literatura argentina.

Creo que el siguiente paso es que los centros de investigación en las universidades, estudien más la producción en la web; aunque probablemente su presentación algo caótica haga dudar de la estabilidad de sus textos. Puede resultar más seguro poseer un libro, donde el texto haya sido fijado, y podamos guardarlo en nuestra biblioteca sin el temor de que sus palabras se transformen. A pesar, claro, del hecho de que sus lecturas siempre van a cambiar (aunque se trate siempre de la misma persona que lee).

Y, para terminar, estoy convencida de que la literatura formadora de identidades y toda la literatura que fue clasificada por etiquetas, no siempre respondió a lo que decía la etiqueta; pero ello facilitó no solo el trabajo de los críticos y de los académicos, sino también la comercialización de la literatura como bien de consumo. En esa línea, ya en el siglo XXI, con el desarrollo de las nuevas tecnologías, en la alta Modernidad, la literatura sigue sin poder ser atrapada bajo etiqueta alguna; y, más allá de la genialidad (o ausencia de ella) de parte de los escritores, lo que se requiere es de lectores avispados que lean en ella algo más que sábanas que se llevan jovencitas, selvas voraces, compañías bananeras, sexo, drogas y rock and roll.

Bibliografía

Achúgar, Hugo. 2000. Nuestro norte es el Sur. A propósito de representaciones y localizaciones. Nuevas perspectivas desde/sobre América Latina. El desafío de los estudios culturales. Santiago: Cuarto Propio.

Castro-Gómez, Santiago. 1998. Latinoamericanismo, modernidad, globalización. Prolegómenos a una crítica poscolonial de la razón. México: Porrúa.

Cuadra, Álvaro. 2003. Culturas globales y locales. Criterios. La Habana. 33.

Fornet, Jorge. 2007. Y finalmente, ¿existe una literatura latinoamericana. Revista Iajiribilla. Cuba.

Fuguet, Alberto y Gómez, Sergio (eds). 1996. MacOndo. Santiago: Mondadori.

García, Jambell y Pulgar, Nora. 2010. Globalización: aspectos políticos, económicos y sociales. Revista de Ciencias Sociales. XVI, 4, octubre-diciembre, 721-726.

Giddens, Anthony. 2002. Consecuencias de la modernidad. Madrid: Alianza.

Jiménez, Alexánder y Oyamburu, Jesús (comp.). 1998. Costa Rica imaginaria. Heredia: Efuna.

Mato, Daniel. 2001. Des-fetichizar la "globalización": basta de reduccionismos, apologías y demonizaciones, mostrar la complejidad y las prácticas de los actores. Estudios latinoamericanos sobre cultura y transformaciones en tiempos de globalización 2. Buenos Aires: Clacso y Unesco, 147-148.

Quesada Soto, Álvaro. 2002. Uno y los otros: identidad y literatura en Costa Rica 1890-1940. San José: EUCR.

Volpi, Jorge. 2004. El fin de la narrativa latinoamerica. Palabra de América. Barcelona: Seix Barral.

Wallerstein, Immanuel. 2004. Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos. Madrid: Akal.

21 de febrero de 2016

Contacto extraterrestre

El cine se convirtió en una muy buena excusa para que un grupo de buenas amigas nos reunieramos a ver algunas películas y hablar de ellas. Así, decidimos que a partir de un eje común, seleccionaríamos cinco películas y luego nos sentaríamos a conversar sobre ellas: sus coincidencias, nuestras lecturas, sus intertextos. El primer tema sugerido fue "contacto extraterrestre" y estas fueron las películas sugeridas:

Las primeras cuatro películas tienen guiños entre sí: la forma de viajar en el espacio grandes distancias, la presencia de seres extraterrestres que tienen un mayor desarrollo tecnológico y, quizás, hasta espiritual; la posibilidad de que estemos conectados, de que ellos y nosotros seamos parte de lo mismo.


En esas películas sobresale la curiosidad del ser humano, la forma en que lanzan su mirada hacia las estrellas en busca de algo más; algunos desde el lente de un telescopio, otros lanzándose al espacio, a velocidades que podrían acabar con sus vidas, hacia lo desconocido. Esa curiosidad que todos tuvimos de niños y que aún muchos mantienen, mientras otros la han perdido ante los temores con los que somos marcados durante nuestra socialización.

La última película nos muestra al ser humano que teme a lo desconocido, a aquello que nos ataca, que nos invade; ese mismo temor que Orson Wells desnudó al leer en la radio la adaptación de la novela de H. G. Wells.


Así, nuestra relación con lo extraterrestre, lo extraño, lo extranjero... siempre se verá marcada por esos dos extremos: el temor y la curiosidad por lo desconocido. Estos sentimientos que pueden ser la base de las mayores injusticias y de los mayores adelantos de la humanidad.

1 de enero de 2012

2012


Hoy empieza el año 2012 del calendario occidental. Dado que es un calendario inexacto, este año será bisiesto para tratar de ajustarlo a la rotación de la Tierra en torno al Sol (que en teoría tiene la duración de un año); sin embargo, con el tiempo nos vamos dando cuenta, más allá del cambio climático, que los días soleados y vientos fríos de diciembre ya no inician desde los primeros días de ese mes, ni en mayo inician las lluvias que terminan en noviembre. Nuestro calendario está muy alejado del movimiento natural de nuestro planeta y del universo en general.

A pesar de ello y al ser una construcción cultural, no deja de ser un híbrido entre naturaleza y cultura (para utilizar la tradicional división binaria a la que estamos habituados). Este año se ha hecho famoso en los medios, por ser el punto en que varias tradiciones señalan como un final. Según el calendario maya el 21 de diciembre de 2012 se marca un fin de ciclo; esa misma fecha es señalada como el fin del mundo en el Libro de los Muertos y para Nostradamus es un año marcado por eventos apocalípticos (que parecieran darse desde que el ser humano tiene memoria y el 2011 no fue una excepción, pues hasta regresó José María Figueres a comerse su tamalito).

Pero el inicio y el fin son parte de un mismo círculo; la vida no podría existir sin la existencia de la muerte; lo que hace las cosas buenas, como decía Serrat en un concierto que veía anoche, es que terminan, pues no habría cuerpo que las aguantara. Por eso, debemos iniciar este nuevo año y llenarlo de inicios, pero también de finales; disfrutar a plenitud de cada día, de cada hora, de cada minuto y de cada segundo; sin perdernos en los recuerdos de supuestos pasados idílicos ni pasarnos el día planeando el futuro.

Este nuevo año tendremos juegos olímpicos en Londres, será el centenario del hundimiento del Titanic y podremos disfrutar de grandes eventos cinematográficos. Como todo año que inicia, estará lleno de compromisos y promesas; pero el único que deberíamos hacer es con nosotros mismos, el compromiso de vivir cada instante al máximo, no dejar escapar la vida sin vivirla plenamente, a nuestro gusto, a nuestra manera, al lado de quienes quieran acompañarnos en esta aventura que es vivir.

Bendiciones para todos en este Año Nuevo. Que no se les escape ni un segundo de vida.

17 de septiembre de 2011

El secreto de sus ojos: miradas que te roban la vida

Una de las desventajas que tenemos los cinéfilos ticos, es la poca distribución de películas que se da en el país, adonde llegan solo los filmes que han tenido algún éxito en taquilla. De vez en cuando podemos ver alguna película que no llene este requisito, aunque generalmente luego de varios años de su estreno. Otras veces nos llegan algunas buenas películas recién salidas del horno, pero están tan poco tiempo en cartelera, que si no estamos atentos nos las podemos perder.

A mí me apasiona el cine, pero como debe ser, en una sala de cine. No me gusta tanto verlas en el televisor, aunque a veces no queda otra opción. Muchas veces no alquilo el video o me prendo de las programación en la tele, con la esperanza de que la Sala Garbo o el Cine Universitario (UCR) proyecte alguna de las películas que llegaron al país y pasaron volando o que del todo no llegaron a las salas de los moles (porque ya sin el Magaly no queda más remedio que ir a esos horribles lugares con ese desagradable olor a palomitas dulces).

Pero mejor dejo a un lado mi "pitufo gruñón" interno y les comento de mi más reciente visita a la Sala Garbo, para ver El secreto de sus ojos, del director Juan José Campanella (quien ha dirigido algunos capítulos de la serie de televisión House). Esta película fue estrenada en el año 2009 y obtuvo el premio Óscar a la mejor película en habla no inglesa, pero como les contaba, no es sino hasta ahora que tengo la oportunidad de verla.

Está basada en la novela del escritor argentino Eduardo Sacheri, La pregunta de tus ojos;  y, tal y como se adelanta en el título (tanto del filme como de la novela), cuenta una historia donde la mirada es la protagonista: la mirada de la víctima, la mirada del asesino, la mirada del viudo, la mirada de Irene...

Se dice que los ojos son el espejo del alma. Más allá de la posibilidad de saber el tipo de persona que tenemos al frente con tan solo mirar a sus ojos, lo que sí es claro es que los ojos hablan (creo que alguno de los personajes lo dijo y ahora yo le robo la frase, como probablemente él o ella se la robó a alguien más); sin embargo, a veces no queremos escuchar lo que nos dicen. Benjamín, enamorado de Irene, prefiere no leer en su mirada y se concentra en la mirada de la víctima, en la mirada de su asesino y en la mirada de su viudo. Esa historia transcurre en forma paralela a la historia de su vida, pues en buena medida la marcó por más de veinticinco años.

Su habilidad para leer en la mirada le permite esclarecer el crimen, pero a la justicia no le favorece demasiado la venda que cubre sus ojos, pues los políticos corruptos siempre hacen con ella lo que les da la gana mientras ella juega con su balanza. El caso es que aquí el criminal no cumple con la cadena perpetua a que había sido condenado, y no solo eso, sino que tiene el suficiente poder para obligar a Benjamín a alejarse por veinticinco años de su vida, de su trabajo y de Irene.

El tiempo pasa y Benjamín, ya retirado, decide escribir sobre esa historia que lo ha acompañado buena parte de su vida. Morales, el viudo, le recomienda que deje de pensar en el pasado, pues "va a tener mil pasados y ningún futuro". Irene, la mujer de las miradas que enamoran a Benjamín y que él torpemente ignora, ya le había dado una gran lección de vida al afirmar "[m]i vida entera ha sido mirar para adelante. Atrás no es mi jurisdicción. Me declaro incompetente".

Sin embargo, su insistencia le permite, una vez más, descubrir lo ocurrido y calmar sus recuerdos y, ahora sí, concentrarse en el futuro; pero, sobre todo, a partir de su presente. Ese presente que no sería fácil (como lo afirmaba Irene), pero que le permitiría vivir la vida que había deseado todo ese tiempo. Era claro que tenía que dejar atrás el pasado para recuperar su vida o, más bien, para vivirla.

1 de abril de 2011

Literal: El cisne negro de Aronofsky

Esa fue la primera palabra que vino a mi mente al ver la película de Darren Aronofsky, El cisne negro. Pues literal es la interpretación que Nina (la protagonista) hace de El lago de los cisnes; donde se funden dos personajes en una sola bailarina, en tanto ella se escinde y se parte, como la figura de la caja de música, como ella misma en ese sueño que es su realidad.


Nina es literal y, por ello, se ajusta "al pie de la letra" a la técnica del ballet; por eso se la llama rígida, frígida; perfecta en sus formas pero carente de pasión. Ella se inmola, se flagela, en pos de la perfección; pero ese autosacrificio es innecesario; al igual que el sacrificio que hizo su madre al dejar su carrera de bailarina. ¡Dios nos proteja de las madres sacrificadas!


El manejo de la cámara desde el inicio del film, nos lleva a observar el mundo desde la mirada de Nina. Por ello, vamos de un lado a otro sin poder distinguir entre la realidad y la fantasía; entre la vida y el sueño, como un Segismundo moderno. Pero, a diferencia del teatro clásico español, la película de Aronofsky nos lleva poco a poco al borde de la locura... para poder observar, desde allí, ya liberados por la cámara de esa identificación con Nina, su derrumbamiento, su inmolación, su sacrificio, literal, en escena.


Natalie Portman... sencillamente magistral. Merecidos todos los premios que ha recibido. Y no podemos ignorar el excelente soporte de actores consagrados y noveles que le dan a la película una gran fortaleza: Barbara Hershey, Vincent Cassel, Winona Ryder y Mila Kunis. Todos nos llevan de la mano por esa puesta en escena o puesta en acto de la locura; de la cual solo nosotros somos los horrorizados testigos.