24 de diciembre de 2008

¡Feliz Navi-Cola!

Estas serán las últimas líneas que escriba en este año (a menos que el 31 tenga el impulso de escribir algo antes de que termine el año). A partir de mañana inicio una gira por Corcovado la que terminará el próximo 31. Estoy muy ilusionada por los lugares que podré conocer y algo preocupada, pues ignoro si estoy lo suficientemente en forma para soportar las caminatas (ya les contaré a mi regreso). Por ahora, los dejo con la columna de Rónald Díaz de Informatico.com, donde viene un interesante comentario sobre el árbol de Navidad de la Municipalidad de San José. Un fuerte abrazo a todos en esta Navidad.

El árbol navideño de la Coca Cola se erige, con la bendición de la Municipalidad de San José, como un auténtico símbolo de la influencia y presencia de las marcas en el tejido social.


Chris Hooper, quien es director de anuncios para televisión y ha trabajado para empresas como Mc Donald’s y Coca Cola, describe su trabajo como la creación de “imágenes que sirven para vender productos a gente que realmente no los necesita”.

El trabajo de Hooper explica también por qué no se puede subestimar el poder de la publicidad y el marketing cuando juntas, estas herramientas, son capaces de convertir una simple bebida azucarada en un emporio global.


Los anuncios de Coca Cola fascinan al público. Están hechos magistralmente, y por ello, tampoco son inocentes. Desde aquel viejo comercial en donde “jóvenes de todo el mundo se reunieron en una colina de Italia” hasta la moderna “fábrica de la felicidad”, los mensajes de esta famosa bebida siempre han buscado convertir palabras, imágenes y melodías en activadores de acción.


La persuasión se vale de estos "triggers of action" para evocar respuestas deseadas, que en el caso particular de la Coca Cola, es la elección de esta bebida por encima de cualquier otra que se le parezca.


Ernest Dichter, desaparecido investigador a quien se le conocía como “señor motivación masiva”, enfatizaba con vehemencia el factor emocional en la venta de productos. Para Ditcher, cualquier producto debe apelar a nuestros sentimientos “profundamente en los rincones psicológicos de la mente”.


La Coca Cola elevó la lección de Ditcher a niveles de perfección y logró asociar su producto estrella con deseos y sentimientos arraigados en valores universales y, de paso, se apoyó hábilmente en poderosos símbolos existentes como el árbol de Navidad y el propio Santa Claus.

Lee Clow, desarrollador creativo de la campaña de Apple “Piensa diferente”, explica que las marcas son hoy en día parte del tejido social y de nuestro sistema de ordenación de las cosas. Las marcas –dice Clow- “articulan quién eres y qué valores te caracterizan”.


Quizás, por eso a nadie sorprenda ese gran árbol “navideño” ubicado al frente del Gimnasio Nacional. Ahí se ve tan normal como el hecho de que en nuestras escuelas se venda cada vez menos leche, y más Coca-Cola.


Pierre Martineau, un viejo maestro de la construcción de imágenes, aconsejaba a los comerciantes crear una situación ilógica que llevara al consumidor a enamorarse de su producto, al punto de serle leal aunque su contenido fuera similar al de las marcas competidoras. Esa lealtad ilógica requiere de una diferenciación mental y una individualización del producto, cuya “personalidad” sea un confiable factor de venta.


En esta época, esa diferenciación se llama el “lado Coca Cola de la Navidad”. Un cuento tan bien contado, que hasta la Municipalidad de San José lo quiso creer.

22 de diciembre de 2008

La carrera de la muerte

El jueves pasado me topé con la grata sorpresa de que no tendría que hacer el examen final de uno de los cursos de la universidad; así que rápidamente tomé mi bolso y salí del aula con la esperanza de no volver hasta el próximo año. Ya fuera del edificio pensé en retomar las visitas al cine, que había dejado por las carreras de los cursos y el trabajo. Me subí a un taxi y le pedí que me llevara al Mall San Pedro, donde la oferta de cine es amplia y queda lo suficientemente cerca de mi casa para no tener problemas al regreso.

Como se trataba de una visita al cine sin planificar, no tenía muy claro la película que elegiría; así que lo dejé a la suerte y el número 8 fue el favorecido. En la sala 8 el filme que se proyectaba era La carrera de la muerte (Death Race), una película que llegó a las salas en este año, protagonizada por uno de los chicos malos de los filmes de acción, Jason Statham.

El preámbulo de la película me pareció muy interesante, pues se trataba de una cárcel administrada por la empresa privada, donde la violencia se convierte en espectáculo. Un tema candente si tomamos en cuenta que aun en nuestra querida Costa Rica a algún político le pareció que sería una excelente solución al problema que significa para el Estado el mantenimiento y administración de los centros penitenciarios.

La salida fácil de nuestros gobernantes no es algo nuevo (si les damos el beneficio de la duda respecto de sus intenciones), y lo más sencillo es pasarle el problema a otros. Pero el verdadero problema inicia cuando la rentabilidad y los ingresos ilimitados son el objetivo y no los propios del servicio que se ha puesto en manos privadas.

En la película la rehabilitación de los presos no era el objetivo, pues lo que les interesaba era tener carne humana para sus espectáculos. Incluso, se llega hasta a inculpar a inocentes para tenerlos a disposición de las autoridades carcelarias y como peones de su juego. Vemos la violencia y el sufrimiento humano como mero espectáculo (cualquier similitud con los noticiarios de la actualidad es pura coincidencia) y un negocio para personas inescrupulosas.

Por mi parte, hubo escenas en las que no dejé de arrugar el rostro y traté de cubrirme los ojos (aunque vaya en contra de mi voracidad cinéfila), pues debo admitir que la violencia extrema no me parece fuente de diversión. Quizás se deba al hecho de que no acostumbro ver las noticias por la televisión; prefiero informarme leyendo periódicos o visitando sitios informativos en la internet (costumbre, la primera heredada, de mis padres).

19 de diciembre de 2008

Tradiciones navideñas

Por fin ha llegado el final de cuatrimestre, ya sin obligaciones académicas sobre mis espaldas, puedo darme el lujo de disfrutar plenamente el mes de diciembre, el mes de la navidad, de los vientos alisios y de las sonrisas. El mes en el que los niños están en sus casas tratando de convencer a sus padres de que se han portado muy bien a lo largo del año y esperan recibir el premio a su esfuerzo (convertido en regalos, por supuesto).

Este será el primer año en que no tenga a mi lado a mi mamá para disfrutar de los aires navideños y de los tamales. Aunque los dos últimos años no hemos podido disfrutarlos en grande, debido a la enfermedad que padeció, siempre estuvo ahí con una sonrisa y con el antojo de un tamal (que nunca sería tan bueno como los que ella hacía). Desde muchos años atrás iniciamos la costumbre de ir juntas a la misa de gallo. Cuando se puso malita, el plan era verla por la televisión o escucharla en la radio (nunca llegaba a tiempo para compartirla con ella en ese nuevo medio, pero me quedaba un rato a su lado sosteniendo su mano y contándole infinidad de cosas). Este año, no quiero faltar a la cita, sé que ella estará ahí conmigo.

16 de diciembre de 2008

Tránsito en la capital

Durante estos caóticos días en los que las calles josefinas (y de más allá) están llenas de vehículos y las personas van de acá para allá zigzagueando entre la acera y la calle, ante la imposibilidad de caminar por el espacio que les corresponde en las aceras, pensé en las soluciones que históricamente han recomendado para desahogar un poco el área metropolitana. En ese recuento recordé un comentario que escribí en el 2001 que me pareció muy simpático y quisiera compartirlo con ustedes. En todo caso, creo que la solución está en convertir el centro de la ciudad en un lugar bonito para caminar (al fin y al cabo, caminar es saludable), y eliminar el transporte vehicular (salvo contadas excepciones).

Siempre que escucho a los “especialistas” referirse a las soluciones para el exceso de tránsito de vehículos en el centro de San José, quedo pasmada cuando afirman, con la seriedad que generalmente nos convence a quienes carecemos de su formación técnica, que el problema se resolvería sacando del centro el transporte público, sea, los autobuses, busetas y microbuses. Digo que quedo pasmada frente a esa afirmación, porque me parece ilógica. ¿Cómo es posible que sea mejor sacar del centro un medio de transporte que lleva alrededor de 50 personas, para darle espacio a los vehículos particulares que muchas veces solo llevan a su conductor?

Luego yo, siempre de “mal pensada” me contesto que probablemente estos “especialistas” tengan su vehículo particular; que los funcionarios públicos que los contrataron, tengan su vehículo particular; que los políticos que nombraron a los funcionarios públicos, tengan su vehículo particular; que los comerciantes que financiaron las campañas que convirtieron a los políticos en funcionarios públicos, tengan su vehículo particular…

Y, como no quiero pecar de “mal pensada”, dedico buena parte de mi tiempo a reflexionar sobre el tema: ¿a qué se debe que la solución sea quitar el transporte público del centro y no limitar el ingreso de los vehículos particulares?

Y brotan en mi mente imágenes de todos los “pobres diablos”, por supuesto yo incluida, que no tenemos carro y debemos caminar desde donde nos deja el autobús hasta nuestro trabajo. Me imagino los accidentes peatonísticos por el exceso de tránsito en las intransitables vías –valga la contradicción- llenas de huecos, hechas de material resbaladizo, obstaculizadas por los incontables puestos de venta con o sin permiso municipal y, en muchos casos, con espacio suficiente para una sola vía.


Pero… debo ponerme seria y evitar estos pensamientos que brotan de mi inconsciente, tan golpeado como mi cuerpo en el “rally” cotidiano hacia mi trabajo. Y digo que debo ponerme seria porque es necesario estar a la altura de los “especialistas” que pretenden que el bus me deje “botada”a dos kilómetros de mi destino, sin ofrecerme una opción mas que la de comprar tenis y cambiarlas por los tacones, antes de iniciar la travesía.

Sin embargo, no logro contenerme porque por absurda, la propuesta de los “especialistas” solo logra que me invada la risa; aunque, como dice un triste bolero que alguna vez escuché: “río por no llorar”.

11 de diciembre de 2008

Un paseo a Puntarenas

Hoy, mientras huía de San José en busca del sol porteño, recordaba la primera vez que lo visité hace ya tantos años. En esa oportunidad, mi mamá y mi papá nos llevaron a todos los hermanos menores (Marielos, Isaac, Patricia, Daniel, Alejandra y yo), junto con la novia de mi hermano Isaac, a Puntarenas. Era la primera vez que me enfrentaba al imponente mar, aunque ya estaba bastante grandecita... creo que ya estaba en el colegio. Como no sabía a lo que iba y recién había adquirido la responsabilidad de elegir mi ropa, seleccioné mi preferida (un bonito pantalón rojo y una camiseta... también roja -queda claro que en esa época la moda y yo no íbamos de la mano... aunque creo que nunca ha sucedido tal cosa...-), que evidentemente no era la más apta para la ocasión.

Sin embargo, fue toda una aventura para mí; como siempre, estaba agobiada por el sol y mi tradicional "bronceado morgue" no ayudaba. Ese día -como era domingo- mi mamá nos llevó a misa y luego, mi hermano Isaac (quien era el fotógrafo de la familia en ese momento), nos sacó una fotografía en el parque.


De regreso, otra nueva experiencia que no he podido volver a repetir, subirme al tren. Fue un viaje largo y cansado, durante el cual dormí la mayor parte del tiempo, solo interrumpida por mi mamá, a quien le preocupaba que fuera sentada junto a un desconocido; así que, a cada rato, me llamaba para ofrecerme un confite o cualquier otra cosa y... terminaba siendo el desconocido quien me despertaba, pues en mi profundo sueño, no escuchaba su voz.