22 de diciembre de 2008

La carrera de la muerte

El jueves pasado me topé con la grata sorpresa de que no tendría que hacer el examen final de uno de los cursos de la universidad; así que rápidamente tomé mi bolso y salí del aula con la esperanza de no volver hasta el próximo año. Ya fuera del edificio pensé en retomar las visitas al cine, que había dejado por las carreras de los cursos y el trabajo. Me subí a un taxi y le pedí que me llevara al Mall San Pedro, donde la oferta de cine es amplia y queda lo suficientemente cerca de mi casa para no tener problemas al regreso.

Como se trataba de una visita al cine sin planificar, no tenía muy claro la película que elegiría; así que lo dejé a la suerte y el número 8 fue el favorecido. En la sala 8 el filme que se proyectaba era La carrera de la muerte (Death Race), una película que llegó a las salas en este año, protagonizada por uno de los chicos malos de los filmes de acción, Jason Statham.

El preámbulo de la película me pareció muy interesante, pues se trataba de una cárcel administrada por la empresa privada, donde la violencia se convierte en espectáculo. Un tema candente si tomamos en cuenta que aun en nuestra querida Costa Rica a algún político le pareció que sería una excelente solución al problema que significa para el Estado el mantenimiento y administración de los centros penitenciarios.

La salida fácil de nuestros gobernantes no es algo nuevo (si les damos el beneficio de la duda respecto de sus intenciones), y lo más sencillo es pasarle el problema a otros. Pero el verdadero problema inicia cuando la rentabilidad y los ingresos ilimitados son el objetivo y no los propios del servicio que se ha puesto en manos privadas.

En la película la rehabilitación de los presos no era el objetivo, pues lo que les interesaba era tener carne humana para sus espectáculos. Incluso, se llega hasta a inculpar a inocentes para tenerlos a disposición de las autoridades carcelarias y como peones de su juego. Vemos la violencia y el sufrimiento humano como mero espectáculo (cualquier similitud con los noticiarios de la actualidad es pura coincidencia) y un negocio para personas inescrupulosas.

Por mi parte, hubo escenas en las que no dejé de arrugar el rostro y traté de cubrirme los ojos (aunque vaya en contra de mi voracidad cinéfila), pues debo admitir que la violencia extrema no me parece fuente de diversión. Quizás se deba al hecho de que no acostumbro ver las noticias por la televisión; prefiero informarme leyendo periódicos o visitando sitios informativos en la internet (costumbre, la primera heredada, de mis padres).

19 de diciembre de 2008

Tradiciones navideñas

Por fin ha llegado el final de cuatrimestre, ya sin obligaciones académicas sobre mis espaldas, puedo darme el lujo de disfrutar plenamente el mes de diciembre, el mes de la navidad, de los vientos alisios y de las sonrisas. El mes en el que los niños están en sus casas tratando de convencer a sus padres de que se han portado muy bien a lo largo del año y esperan recibir el premio a su esfuerzo (convertido en regalos, por supuesto).

Este será el primer año en que no tenga a mi lado a mi mamá para disfrutar de los aires navideños y de los tamales. Aunque los dos últimos años no hemos podido disfrutarlos en grande, debido a la enfermedad que padeció, siempre estuvo ahí con una sonrisa y con el antojo de un tamal (que nunca sería tan bueno como los que ella hacía). Desde muchos años atrás iniciamos la costumbre de ir juntas a la misa de gallo. Cuando se puso malita, el plan era verla por la televisión o escucharla en la radio (nunca llegaba a tiempo para compartirla con ella en ese nuevo medio, pero me quedaba un rato a su lado sosteniendo su mano y contándole infinidad de cosas). Este año, no quiero faltar a la cita, sé que ella estará ahí conmigo.

16 de diciembre de 2008

Tránsito en la capital

Durante estos caóticos días en los que las calles josefinas (y de más allá) están llenas de vehículos y las personas van de acá para allá zigzagueando entre la acera y la calle, ante la imposibilidad de caminar por el espacio que les corresponde en las aceras, pensé en las soluciones que históricamente han recomendado para desahogar un poco el área metropolitana. En ese recuento recordé un comentario que escribí en el 2001 que me pareció muy simpático y quisiera compartirlo con ustedes. En todo caso, creo que la solución está en convertir el centro de la ciudad en un lugar bonito para caminar (al fin y al cabo, caminar es saludable), y eliminar el transporte vehicular (salvo contadas excepciones).

Siempre que escucho a los “especialistas” referirse a las soluciones para el exceso de tránsito de vehículos en el centro de San José, quedo pasmada cuando afirman, con la seriedad que generalmente nos convence a quienes carecemos de su formación técnica, que el problema se resolvería sacando del centro el transporte público, sea, los autobuses, busetas y microbuses. Digo que quedo pasmada frente a esa afirmación, porque me parece ilógica. ¿Cómo es posible que sea mejor sacar del centro un medio de transporte que lleva alrededor de 50 personas, para darle espacio a los vehículos particulares que muchas veces solo llevan a su conductor?

Luego yo, siempre de “mal pensada” me contesto que probablemente estos “especialistas” tengan su vehículo particular; que los funcionarios públicos que los contrataron, tengan su vehículo particular; que los políticos que nombraron a los funcionarios públicos, tengan su vehículo particular; que los comerciantes que financiaron las campañas que convirtieron a los políticos en funcionarios públicos, tengan su vehículo particular…

Y, como no quiero pecar de “mal pensada”, dedico buena parte de mi tiempo a reflexionar sobre el tema: ¿a qué se debe que la solución sea quitar el transporte público del centro y no limitar el ingreso de los vehículos particulares?

Y brotan en mi mente imágenes de todos los “pobres diablos”, por supuesto yo incluida, que no tenemos carro y debemos caminar desde donde nos deja el autobús hasta nuestro trabajo. Me imagino los accidentes peatonísticos por el exceso de tránsito en las intransitables vías –valga la contradicción- llenas de huecos, hechas de material resbaladizo, obstaculizadas por los incontables puestos de venta con o sin permiso municipal y, en muchos casos, con espacio suficiente para una sola vía.


Pero… debo ponerme seria y evitar estos pensamientos que brotan de mi inconsciente, tan golpeado como mi cuerpo en el “rally” cotidiano hacia mi trabajo. Y digo que debo ponerme seria porque es necesario estar a la altura de los “especialistas” que pretenden que el bus me deje “botada”a dos kilómetros de mi destino, sin ofrecerme una opción mas que la de comprar tenis y cambiarlas por los tacones, antes de iniciar la travesía.

Sin embargo, no logro contenerme porque por absurda, la propuesta de los “especialistas” solo logra que me invada la risa; aunque, como dice un triste bolero que alguna vez escuché: “río por no llorar”.

11 de diciembre de 2008

Un paseo a Puntarenas

Hoy, mientras huía de San José en busca del sol porteño, recordaba la primera vez que lo visité hace ya tantos años. En esa oportunidad, mi mamá y mi papá nos llevaron a todos los hermanos menores (Marielos, Isaac, Patricia, Daniel, Alejandra y yo), junto con la novia de mi hermano Isaac, a Puntarenas. Era la primera vez que me enfrentaba al imponente mar, aunque ya estaba bastante grandecita... creo que ya estaba en el colegio. Como no sabía a lo que iba y recién había adquirido la responsabilidad de elegir mi ropa, seleccioné mi preferida (un bonito pantalón rojo y una camiseta... también roja -queda claro que en esa época la moda y yo no íbamos de la mano... aunque creo que nunca ha sucedido tal cosa...-), que evidentemente no era la más apta para la ocasión.

Sin embargo, fue toda una aventura para mí; como siempre, estaba agobiada por el sol y mi tradicional "bronceado morgue" no ayudaba. Ese día -como era domingo- mi mamá nos llevó a misa y luego, mi hermano Isaac (quien era el fotógrafo de la familia en ese momento), nos sacó una fotografía en el parque.


De regreso, otra nueva experiencia que no he podido volver a repetir, subirme al tren. Fue un viaje largo y cansado, durante el cual dormí la mayor parte del tiempo, solo interrumpida por mi mamá, a quien le preocupaba que fuera sentada junto a un desconocido; así que, a cada rato, me llamaba para ofrecerme un confite o cualquier otra cosa y... terminaba siendo el desconocido quien me despertaba, pues en mi profundo sueño, no escuchaba su voz.

9 de diciembre de 2008

Preocupaciones navideñas

Estos días me he sentido algo agobiada. Las personas tenemos la particularidad de complicarnos la vida, en épocas del año en las que deberíamos estar más relajadas y disfrutando de los cambios en el clima y los bellos recuerdos que se suman cada Navidad. Sin embargo, estamos abrumados por el trabajo, la organización de fiestas, la compra de regalos y tantos otros motivos que se nos pueden ocurrir.

Se suma a mi agobio la gira que estamos organizando para fin de año en el Club de Montañismo. Desde el 25 y hasta el 31 de diciembre estaremos en Corcovado, conociendo sitios de difícil acceso para el costarricense común y que generalmente son disfrutados solo por turistas. Será mi primera gira de tantos días, en la que deberé nivelar el peso del salveque con las comidas necesarias para recuperarme de las intensas caminatas. Una mezcla de placer y de dolor que me marcarán y engrosarán la base de datos de mis recuerdos.

Mi recomendación, y lo escribo para ver si yo también la sigo, es que dejemos de preocuparnos por las múltiples actividades pendientes y empecemos a ocuparnos. Sentémonos a terminar nuestros trabajos pendientes, hagamos las compras de lo que necesitamos para esa reunión con amigos y familiares, vayámonos de tiendas o sentémonos en casa (los más creativos), para comprar o hacer los regalos de nuestros seres más queridos... y, sobretodo, disfrutemos al máximo de cada instante, pues al final no nos quedarán las huellas de las preocupaciones, sino el recuerdo de todas las cosas que hicimos en estos días.