4 de diciembre de 2008

Contradicciones navideñas

Ayer mismo les escribí sobre la sensación que me embarga durante la época navideña y la forma en que me convenzo de que todos a mi alrededor comparten ese sentimiento. No obstante, el avance del día me hizo caer en la cuenta de que todo no es tan "lindo" como nos lo hacemos creer.

Tuve que salir a hacer algunos mandados y redescubrí lo terrible que es vivir en una urbe que, aunque no tan grande como la Ciudad de México, Nueva York o cualquier capital europea, sí es suficientemente grande y desordenada como para convertirse en un caos. Tomé conciencia nuevamente del hecho de que en la calle nadie te mira a la cara (porque si así fuera empezaríamos a sospechar), las personas caminan como si estuvieran solas en las aceras y se ignoran las normas de cortesía que en otro tiempo te obligaban a cederle el asiento a las personas mayores, a los niños y a las mujeres. Ahora tienen que emitir una ley para que nos obliguen a ceder el asiento a personas con capacidades reducidas o no aptas para el mundo que hemos construido.

Eso sin mencionar la lucha silenciosa (y a veces no tanto) entre peatones y conductores de vehículos; en la que los peatones cruzan la calle por donde se les ocurre y los conductores, si no te tiran el carro (cual toros en la plaza), te ignoran por completo y solo están pendientes de que la luz roja (que en su criterio no debería existir), se cambie a verde.

Esta es la realidad. Muy diferente de la ensoñación en la que caigo cuando llega el mes de diciembre. Pero estoy convencida de que depende de cada uno de nosotros transformar los sentimientos positivos que nos genera la época, en acciones donde la cortesía y las buenas costumbres (que no es la doble moral que ahora prevalece), tomen un lugar privilegiado; donde saludar a la gente, cruzar miradas y sonrisas a las personas que nos topamos, ceder el campo a las personas mayores, a los niños y a las mujeres (que caballerosidad no es debilidad), serán las armas que faciliten la lucha contra la deshumanización del medio.

3 de diciembre de 2008

Diciembre

No sé si les pasa lo mismo que a mí, pero el inicio de los vientos de diciembre (que este año han venido acompañados de mucha lluvia), me emociona notablemente. Ver por todos lados los colores navideños (que van desde el rojo y verde tradicionales, al blanco, azul, dorado y otros más); esa sensación de que todos están felices y sonrientes, a pesar de los problemas cotidianos; los recuerdos de navidades pasadas vividas con los seres queridos (que te entristecen cuando ya no están cerca, pero das gracias por los momentos vividos). Todo esto y mucho más representa lo que es la navidad para mí.

De este sentimiento se aprovechan los comerciantes, pues ven en los aguinaldos que se reparten este mes, la ocasión de hacerse con ese dinero. Así es como empiezan a verse por todas partes avisos que te empujan a consumir en forma irracional. Terminas lleno de cosas que no necesitas y no sabes siquiera el motivo por el cual las compraste. Es importante que, de la mano de la alegría que nos embarga, vaya una fuerte dosis de racionalidad para evitar caer en excesos. No debemos olvidar que lo más importante en estos días es estar cerca de nuestros seres queridos y darles muestras de nuestro cariño.

Esto no significa que debamos gastar en regalos caros; por el contrario, lo más importante es demostrar nuestro cariño por medio del esfuerzo personal. Por ejemplo, si somos buenos en la cocina, podemos preparar algunas galletas; si somos buenos con el uso de la tecnología, podemos copiar las canciones preferidas de alguno de nuestros familiares o amigos; si lo nuestro es el dibujo... qué tal un retrato... son infinitas las posibilidades que nos da la época, y que no debemos desperdiciar cayendo en el consumismo (sobre este tema, les recomiendo la columna de Rónald Díaz en Informa-tico.com).

Ayer, por ejemplo, disfruté de los villancicos interpretados por varios coros en la Plaza de la Cultura, y fue muy agradable compartir ese rato con las personas que se detenían de sus carreras cotidianas para disfrutar del canto. En ese momento, todos somos conocidos, pues en las letras de las viejas canciones navideñas, que son un legado de la humanidad, está el sentir de los pueblos de todas las épocas y de los diferentes países. Me pareció interesante el comentario de uno de los directores de coro, pues mencionó que muchos villancicos eran de autor desconocido... anónimos; inmediatamente pensé que era porque se trataba de la creación de un pueblo, de la manifestación de un sentir popular que cada año recogemos, entre sonrisas y, ahora, cubiertos por bufandas y guantes.

2 de diciembre de 2008

Variaciones - Fabián Dobles

Y hay dolor del viento.
Gemido entre la noche
que no termina, llega
cabalgando por sobre
ese recuerdo ilímite
de minutos salobres
perdidos entre techos
y entre ventanas... Oye;
su voz está cantando
antiguas canciones
debajo, en las raíces
que hay en la piel del hombre.
Hay el dolor del viento.
Tú lo sabes. ¿En dónde?
Él te dirá su signo,
te contará su norte
en esa oscuridad
que no termina. Corre.
Que hay dolor del viento
esperando tu nombre.

*************

De ti hasta el agua
hay la distancia sólo
de una sutil burbuja inexplorada.
Sabe su geografía recóndita
y exacta
el ojo sorprendido
del pececillo que saltó a la playa.
Conoce su honda gruta
diminuta y perdida,
horizonte del sueño y del hallazgo,
el recental que por las tardes
baja a beber el cielo claro
en el cristal fresco y temblante.

Sólo tú y sólo yo
no hemos podido todavía encontrarla.

******************

En: Fabián Dobles, Obras Completas, Tomo V. San José, C.R.: Editorial de la Universidad de Costa Rica, Heredia, C.R.: Editorial de la Universidad Nacional, 1993.

1 de diciembre de 2008

Viaje a Barra Honda

Este fin de semana no actualicé el blog porque estaba fuera de San José. No sé si ya se los comenté, pero estoy inscrita en el Club de Montañismo de la Universidad de Costa Rica y el sábado y domingo estuvimos de gira en el Parque Nacional de Barra Honda. Al llegar al parque, luego de un largo viaje (pues se ubica en la provincia de Guanacaste), iniciamos una caminata en dirección a la caverna Terciopelo. Tuvimos que bajar por una escalera de 17 metros e internarnos en ese mundo subterráneo que me evocó el viaje al centro de la tierra de Julio Verne.

En un inicio pensé que mi claustrofobia sería la que haría displacentero ese viaje a las entrañas de la tierra, pero le ganó el vértigo y los minutos que duró la bajada y posterior subida por la escalera de ingreso a la caverna (gracias a Dios, con todos los elementos de seguridad necesarios, para disminuir mi angustia). Ya en la caverna, disfruté mucho de las formaciones producidas por el agua que lentamente y a través de los años adornan su interior. De pronto me vi pasando por pequeños agujeros para acceder a las diferentes salas y disfruté enormemente del experimento del guía al hacernos apagar las luces de nuestros focos para escuchar el silencio que lo embarga todo.


Se trata de uno de esos viajes imperdibles que todos los habitantes de este país debemos hacer. Los invito a participar en el club de montañismo, pues representa una forma de acceso a las bellezas de nuestro país. Es una bonita oportunidad en la que lo más importante es el deseo de estar cerca de la naturaleza y muchas ganas de caminar para disfrutarla a plenitud.

28 de noviembre de 2008

Variaciones - Fabián Dobles

En estos días que empiezan a vivirse las disputas por el agua, quiero compartir con ustedes un hermoso poema del escritor costarricense Fabián Dobles. Espero que lo disfruten tanto como yo.

Cristalina, tibia y buena,
anda, tómala en tu palma.
Mira su estrella de musgos
encenderse en la mañana.
En el agua, por su río
de espuma y trémula plata,
la amargura se esclarece
y se encuentra la esperanza.
Anda ya, tráele tu pena
y báñala en su palabra.
Amistad como la suya
no has de encontrar en tu casa.
Ah, ese cantarín silencio,
qué canción última, el agua.
Si tú pudieras oírme.
Si tú quisieras hallarla.

FUENTE: Fabián Dobles, Obras completas, Tomo V. San José, C.R.: Editorial de la Universidad de Costa Rica, Editorial de la Universidad Nacional, 1993.