Ayer, a las 5 de la tarde, estaba frente al cine Variedades con la intención de ver algunas películas de la Muestra de Cine y Video Costarricense; sin embargo, resulta que por ser el día de la premiación, la actividad sería hasta las 8 p.m.
Decepcionada, me dirigí a la parada de buses de San Pedro, para llegar al mall, donde tendría más opciones para ver. Al llegar ahí revisé la cartelera y las películas más próximas a empezar eran la de James Bond y High School Musical 3. Ante esa perspectiva, preferí ir primero a comer algo y luego regresar en espera de mejor suerte... y así fue. En una de las salas presentaban la película Campos de esperanza de Lajos Koltai, premiada en el Festival de Berlín y en el Festival Internacional de Copenhagen.
Las tonalidades grises de la película nos metieron en una época que preferiríamos olvidar, durante la Segunda Guerra Mundial y la política de exterminio judío aplicada por los nazis. Se trata de un niño que en un inicio pareciera no enterarse de lo que ocurre en su país, ocupado en vivir su paso de la niñez a la juventud.
La historia se nos va contando linealmente, como la vida misma, hasta que el joven parece entrar en un sueño, plagado de retazos. Y así, vemos a este joven que pareciera más un observador que un actor de los acontecimientos (como cuando soñamos, aunque, al convertirse en pesadilla los sueños, nos paralizan y dejan sin voz. Poco a poco él se va alienando de esa realidad que lo consume físicamente y logra concentrar su atención en una hora del día en la que conserva algún grado de esperanza y felicidad.
La fotografía de la película es hermosa. Nos conduce entre ciudades golpeadas por la guerra que nos ejemplifican la forma en que son destruidos los seres humanos por esa plaga. Las actuaciones de primera línea, sobre todo la de este jovencito, que se presenta ajeno a la dura realidad (quizás la única forma de supervivencia, aunque se llegue a pensar que la felicidad es una anomalía).
12 de noviembre de 2008
11 de noviembre de 2008
Nuevas experiencias
Tengo más de 20 años de trabajar en una institución pública. Ahí he aprendido mucho; sin embargo, creo que ha llegado el momento de explorar nuevos horizontes. El mundo de hoy nos ofrece tantas posibilidades de aprender cosas diferentes con gran facilidad. La internet es una fuente inagotable de datos, un lugar ideal para iniciar esta aventura.
Pero, es importante navegar entre esos turbulentos mares sin naufragar, ahogado por los datos. La experiencia, los libros leídos, las conversaciones sostenidas con compañeros de trabajo, de estudio, con amigos y familiares... todo eso es lo que nos da la competencia necesaria para descubrir cuando en un sitio encontramos información útil, que podremos convertir luego en conocimiento, o solo datos superfluos que no nos servirán.
Quiero compartir con ustedes este viaje que inicié desde ayer, cuando colgé un artículo que fue escrito hace al menos unos ocho años. Espero que el gusto que desarrollemos en este viaje sea tan grande como las expectativas con las que parto. Pero, sin importar cual sea el destino, lo importante será la travesía. Aprender cada día algo nuevo.
Pero, es importante navegar entre esos turbulentos mares sin naufragar, ahogado por los datos. La experiencia, los libros leídos, las conversaciones sostenidas con compañeros de trabajo, de estudio, con amigos y familiares... todo eso es lo que nos da la competencia necesaria para descubrir cuando en un sitio encontramos información útil, que podremos convertir luego en conocimiento, o solo datos superfluos que no nos servirán.
Quiero compartir con ustedes este viaje que inicié desde ayer, cuando colgé un artículo que fue escrito hace al menos unos ocho años. Espero que el gusto que desarrollemos en este viaje sea tan grande como las expectativas con las que parto. Pero, sin importar cual sea el destino, lo importante será la travesía. Aprender cada día algo nuevo.
10 de noviembre de 2008
El placer de la lectura
En las últimas semanas, hemos sido informados de múltiples actividades que tienen como propósito fundamental, promover el gusto por la lectura. No es un secreto para nadie que la mayoría de los habitantes de este país no lee ni siquiera los textos que conforman su programa de estudios (en aquellos casos en que se encuentra incorporado a una institución educativa); ni qué decir de las personas que se han apartado de los estudios formales.
Sin embargo, a pesar de todas las “técnicas publicitarias”, pareciera que resulta más placentero para algunos encender la televisión y permitir que pasen frente a sus ojos las escenas de la pésima programación que inunda nuestras televisoras locales. Pertenecemos a una generación que por inercia, ha crecido pegada a la televisión. Y los malos programas que se transmiten (particularmente en los últimos años), no nos exigen mayor trabajo mental. Producto de esto se da una especie de atontamiento que se refuerza en el sistema educativo, donde el lema –más ajustado con la realidad- debería ser: “prohibido pensar”. Ya casi nadie lee las noticias en los periódicos porque prefiere ver “caras bonitas” en la televisión describiéndole el “mundo perfecto” en el que vivimos. En los últimos días hemos sido testigos de la suerte que corre el periodista inteligente que quiere hacer un mejor análisis de las noticias, y dialogar con un público a su mismo nivel.
¿Cómo entonces podemos promover el deleite por la lectura ante estas circunstancias? El placer por el texto (y aquí extiendo el significado de este término no sólo al texto escrito, sino al texto cinematográfico, televisivo, publicitario e, inclusive, al texto que es una persona, el discurso político, el discurso amoroso, etc.) es algo imposible de describir. Todos conocemos la imposibilidad que existe de describir un inmenso placer que hemos vivido. No es lo mismo ver una película que contarla, como tampoco lo es que nos describan una relación amorosa que vivirla, y existen infinidad de ejemplos más, respecto de esa imposibilidad de contar el placer.
La lectura, el placer de la lectura, es un sentimiento del que sólo podemos saber cuando leemos. No obstante, nuestra formación cultural (basada en principios religiosos, fundamentalmente), nos aparta de los placeres por ser estos pecaminosos. Roland Barthes en El placer del texto, afirma lo siguiente: “Según parece un francés de cada dos no lee, la mitad de Francia está privada –se priva del placer del texto. Generalmente se deplora esta desgracia nacional desde un punto de vista humanista como si despreciando el libro los franceses renunciasen solamente a un bien moral, a un valor noble. Sería mejor hacer la sombría, la estúpida y trágica historia de todos los placeres objetados y reprimidos en las sociedades: hay un oscurantismo del placer”.
Tal afirmación bartheana es aplicable también a la sociedad costarricense. El teórico francés, señala además que la “sociedad parece a la vez tranquila y violenta, pero sin lugar a dudas es frígida”. No existe en la sociedad moderna la predisposición al placer de la lectura. Los noticiarios de la televisión no nos permiten sentir las noticias. Nos presentan por algunos segundos escenas dolorosas de los enfrentamientos entre judíos y palestinos, pero en forma inmediata aparecen los “goles de la jornada” o las últimas noticias que los publicistas de la farándula han inventado para nosotros.
La única forma de disfrutar del “placer del texto” (de cualquier texto), es renunciando a la frigidez y abriendo nuestra mente y nuestro corazón a la lectura.
Sin embargo, a pesar de todas las “técnicas publicitarias”, pareciera que resulta más placentero para algunos encender la televisión y permitir que pasen frente a sus ojos las escenas de la pésima programación que inunda nuestras televisoras locales. Pertenecemos a una generación que por inercia, ha crecido pegada a la televisión. Y los malos programas que se transmiten (particularmente en los últimos años), no nos exigen mayor trabajo mental. Producto de esto se da una especie de atontamiento que se refuerza en el sistema educativo, donde el lema –más ajustado con la realidad- debería ser: “prohibido pensar”. Ya casi nadie lee las noticias en los periódicos porque prefiere ver “caras bonitas” en la televisión describiéndole el “mundo perfecto” en el que vivimos. En los últimos días hemos sido testigos de la suerte que corre el periodista inteligente que quiere hacer un mejor análisis de las noticias, y dialogar con un público a su mismo nivel.
¿Cómo entonces podemos promover el deleite por la lectura ante estas circunstancias? El placer por el texto (y aquí extiendo el significado de este término no sólo al texto escrito, sino al texto cinematográfico, televisivo, publicitario e, inclusive, al texto que es una persona, el discurso político, el discurso amoroso, etc.) es algo imposible de describir. Todos conocemos la imposibilidad que existe de describir un inmenso placer que hemos vivido. No es lo mismo ver una película que contarla, como tampoco lo es que nos describan una relación amorosa que vivirla, y existen infinidad de ejemplos más, respecto de esa imposibilidad de contar el placer.
La lectura, el placer de la lectura, es un sentimiento del que sólo podemos saber cuando leemos. No obstante, nuestra formación cultural (basada en principios religiosos, fundamentalmente), nos aparta de los placeres por ser estos pecaminosos. Roland Barthes en El placer del texto, afirma lo siguiente: “Según parece un francés de cada dos no lee, la mitad de Francia está privada –se priva del placer del texto. Generalmente se deplora esta desgracia nacional desde un punto de vista humanista como si despreciando el libro los franceses renunciasen solamente a un bien moral, a un valor noble. Sería mejor hacer la sombría, la estúpida y trágica historia de todos los placeres objetados y reprimidos en las sociedades: hay un oscurantismo del placer”.
Tal afirmación bartheana es aplicable también a la sociedad costarricense. El teórico francés, señala además que la “sociedad parece a la vez tranquila y violenta, pero sin lugar a dudas es frígida”. No existe en la sociedad moderna la predisposición al placer de la lectura. Los noticiarios de la televisión no nos permiten sentir las noticias. Nos presentan por algunos segundos escenas dolorosas de los enfrentamientos entre judíos y palestinos, pero en forma inmediata aparecen los “goles de la jornada” o las últimas noticias que los publicistas de la farándula han inventado para nosotros.
La única forma de disfrutar del “placer del texto” (de cualquier texto), es renunciando a la frigidez y abriendo nuestra mente y nuestro corazón a la lectura.
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